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“La casa de las flores” es también la casa de la libertad sexual

Un hijo bisexual, un exmarido que ahora es una mujer y un padre que regenta un cabaret de drag queens. Pero, ¿es esa una buena representación de la realidad LGTB+?

Si estás hablando de forma en-tre-cor-ta-da como Paulina de la Mora y no paras de repetir en bucle frases como “Se me olvidó cancelar el mariachi” o “Salúdame al ‘Cacas’” eso es porque tú también has sucumbido a La casa de las flores, la serie mexicana de Netflix que se ha convertido en elguilty pleasure oficial del verano.

El triunfo de este cóctel de humor negro y tragedia se debe en parte a que ha sabido reinventar elementos de un formato tan clásico y encorsetado como las telenovelas para adaptarlo al 2018. La serie de Manolo Caro ha conectado con el público Z y millennial devorador de series gracias a que ha añadido el toque necesario de contemporaneidad a los líos de faldas, celos y venganza tan característicos de estos “culebrones”. De ahí, que escuchemos expresiones como “holi” o referencias a las Kardashian, Brangelina, likes followers, memes e incluso vídeos virales (léase sex tapes de famosos) que circulan por Internet.

En esta ficción, los dramas familiares no tienen nada que ver con grandes haciendas al estilo de Pasión de Gavilanes, sino con una floristería regentada por una familia de Las Lomas, una colonia de Ciudad de México, que se ve sacudida por un huracán de secretos después de un suicidio. Con toques narrativos que recuerdan a Mujeres desesperadasCriadas y malvadas y Almodóvar, el resultado es un repaso genuino a un costumbrismo más actual: una matriarca que se coloca de marihuanapara calmar su ansiedad, una hija con un exmarido que ahora es una mujer, un hijo bisexual y un padre que ostentaba un cabaret de drag queens a espaldas de su familia.

En La casa de las flores todos estos temas se tocan con total cotidianidad, algo impensable en una producción que bebe de las telenovelas y algo atípico en las propuestas que nos llegan de México, que nos tienen acostumbrados al narcotráfico y dejan olvidadas la diversidad sexual y de género. Solo por eso, el gran paso que ha dado esta ficción liderada por Virginia (Verónica Castro) y la tan amada Paulina (Cecilia Suárez) ha sido de gigante.

¿Un buen retrato de la realidad trans?

El personaje más controvertido, incluso antes de que se estrenara la serie, fue el de María José, una mujer trans a la que da vida Paco León. Al igual que sucedió con Scarlett Johansson, le llovieron las críticas por ser un intérprete cis, ya que esta era la ocasión perfecta para dejar a las personas trans contar sus propias historias. Esto habría quedado suplido con una interpretación solvente pero, sin embargo, en María José hay poco de María José y mucho de Paco León. Sus gestos, sus expresiones e incluso su forma de articular nos recuerda al mismo León de Homo Zapping que imitaba a Raquel Revuelta, solo que esta vez lleva una peluca diferente.

María José (Paco León) y Paulina (Cecilia Suárez. / Netflix

Polémicas con el actor aparte, la gran incógnita a resolver es si María José es un buen reflejo de la realidad trans. Sobre ella, la activista trans mexicana Ophelia Pastrana, opina que es un acierto. “María José es un personaje tan crudo que nos choca. Todo el mundo [en la serie] le dice que es un hombre con peluca, menos ella que dice que es mujer, y esa es la condición real de una persona trans. Es muy acertada”, cuenta en una conversación para PlayGround.

El personaje de María José es esencial: presenta los retos y las situaciones de violencia que tiene que hacer frente en su día a día, desde ser juzgada en su puesto de trabajo hasta soportar cuchicheos y miradas inquisitivas a su paso. “La forma en la que reaccionamos al personaje demuestra la realidad trans: ella es abogada pero la juzgamos por su look y eso es muy triste. Sería bonito que la hubiera hecho alguien trans, pero lloré mucho con ella y me hizo recordar que yo también fui María José en una época”, remarca Pastrana. Tal y como explica la activista, uno de los mensajes más importantes que lanza María José al público es cuando, en referencia a su imagen, sentencia: “Esto no es un disfraz”.

La casa de la bisexualidad, el feminismo y el narcotráfico

En La casa de las flores todo el mundo decide la orientación sexual de Julián (Dario Yazbek Bernal) menos él. Su entorno le dice que es gay, no obstante, él siente atracción tanto por hombres como por mujeres. En una de las secuencias más liberadoras a ritmo de A quién le importa de Alaska, el joven de la Mora sale del armario como bisexual delante de toda su familia. Sin embargo, antes el miedo inicial a que la sociedad lo discrimine, sus allegados le muestran todo su apoyo. Julián se puede convertir en un referente tanto para los jóvenes que quieren salir del armario como para padres y madres de hijos LGTB+. ¿Otro punto a favor? En ningún momento se tacha a las personas bi con el manido “chiste” que los compara con personas viciosas.

Si algo caracteriza a la serie es que no juzga, excepto cuando tiene que hacerlo. Así, nadie trata de “guarra” ni de “suelta” a Elena (Aislinn Derbez) cuando le pone los cuernos a su prometido con el que podría ser su hermanastro. Es más, en el momento en el que sale a relucir una actitud sexista, nuestra Paulina puesta hasta arriba de tranquilizantes la combate de inmediato: “No vas a ser parte de una cultura machista que humilla a las mujeres por tener vida sexual activa”. Amén, Paulina.

La serie es tan sagaz que sabe reírse de los clichés mexicanos y rendirles un homenaje al mismo tiempo. Así, vemos desfilar a cuatro drags bautizadas como cuatro referentes pop nacionales: Gloria Trevi, Paulina Rubio, Amanda Miguel y Yuri. Tampoco escasean las referencias a Luis Miguel y a Mecano, mientras que vemos a Verónica Castro cantar por su hijo Cristian Castro o a Suárez hacer lo mismo por Celso Piña. Ni siquiera el narcotráfico se escapa de las puyas de Virginia, que se compara sin reparo con La reina del sur (novela de Pérez-Reverte llevada a la televisión) cuando decide sacarse un dinero extra como traficante.

Como dice la gran Paulina, la familia de los Mora es “disfuncional, rara” pero sigue siendo una familia y a nosotros nos ha cautivado así.

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