Columnas

La UNAM: entre la complejidad y la corrosión

Se dice que la corrosión es un proceso de desgaste de una persona, objeto y/o situación, lo cual puede generar –en tejido vivo– ciertas llagas y ulceraciones, las cuales si no se curan pueden generar un mal mayor y en casos extremos la muerte. No obstante todo deceso, representa desde otro punto de vista el anuncio de un alumbramiento, de la génesis, del torbellino de lo nuevo. Dar a luz en algunos casos llena de alegría a algunos, pero también llena de desdicha a otros.

La   UNAM   como   organismo   vivo,   vive   hoy   en  día  varias  paradojas,  entre “supuración”/“cura”, entre “burocracia sentada”/”pies en movimiento,   entre “desaliento”/”ánimo”, por supuesto, entre el “Porro”/ “Joel Meza García”. Aquí no se trata de hacer indicaciones maniqueas, ni hablar de lo bueno o de lo malo, o de lo que o quién está bien o de lo que o quién está mal. Más bien la idea es reflexionar una forma de entender lo que pasa en la universidad más importante de México y ver la ruta de hacia donde podemos virar el camino.

Cuando se habla de estas contradicciones, significa que otorgar “condenas enérgicas”, señalar “culpables”, investigarlos, que unos queden detenidos y otros salgan en libertad, abrir las escuelas y con ello “solucionar” el problema, no es ni lo propio, ni tampoco implica entender lo que sucede, lo cual a mi juicio resulta muy grave, y no por la violencia ejercida, sino por los tumores cancerosos que se encuentran debajo de un cuerpo mucho muy enfermo.

La saña observada por parte de quienes atacaron a los estudiantes, refleja su propio proceso de descomposición personal y grupal (como una parte de la máxima casa de estudios), que hace ver como estas personas, han vivido un proceso de precarización económica, educativa, social y cultural, la cual define la existencia de un país que cerró desde hace mucho tiempo los destinos de unos, para convertirlos en habitantes quienes viven a su propia suerte. Aquí la lógica institucional o anti-institucional, creó a sujetos proclives a la barbarie y ellos la vez sostienen una estructura de poder igual o peor de atroz y feroz que ellos mismos.

La actuación de los estudiantes marcada por la movilización/organización (la otra parte de una UNAM), denota precisamente el par de oposición contestataria a la estructura universitaria y federal, la cual resulta vivir su propio absurdo, es decir, es dominante/corroida y esa oxidación hace que su actuar tenga visos de bestialidad. Sin embargo, ese sadismo, es contrastado con expresiones de júbilo de los alumnos cuando, también como organismo vivo dentro de  ese  otro  organismo  vivo  que  todavía es la universidad, logra crear cosas nuevas: 1. Una manifestación y 2. Una serie de asambleas donde el factor clave es la comunicación organizada y la organización comunicante. El resultado de lo anterior es cerrar hasta por 72 horas y elaborar pliegos petitorios.

El parar o hacer demandas, refleja dos cuestiones: 1. Detener la monotonía o el automatismo inmóvil y pensar las cosas de otra manera y 2. Generar un espacio de respiro para crear otra institucionalidad, otra ingeniería para democratizar.

Ese mundo técnico de las “autoridades”, sólo piensa en cálculos y costos (producto de una herencia de haber estado siempre por encima de los demás y verlos como súbditos, claro no todos son iguales) y no en encuentros cara a cara. Mantienen esa hegemonía instrumental, pero sucumben a la sorpresa y la espontaneidad estudiantil y de miles que exigen cambios, es decir, sin saberlo o quizá si lo sepan, sufren control/desgate interno. Finalmente como toda apuesta social existen riesgos: 1. Las cosas sigan igual con pequeños cambios que no alteren el status quo y/o 2. Explosiones que muevan los continentes separados de la UNAM y la nación. Si se impone el primero, o el segundo o ambos, se puede vivir: goce/fatalidad. ¿Qué queremos o qué podemos hacer?.

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