Lun. Abr 19th, 2021

Nada…, sólo rendimiento

Con la pandemia de COVID-19, se ha vuelto a pensar en varias situaciones que antes se daban por sentadas o normales; una de ellas remite a la educación que se está dando en diferentes niveles a través de plataformas educativas y también con relación a cuestionarse, sobre todo, quienes son esos estudiantes -sobre todo los niños- los cuales van creado una relación con la escuela y viceversa.

Decía el pensador austríaco Iván Illich en tono crítico que los centros escolares eran lugares para adquirir una mercancía; conocimientos y habilidades empaquetadas para ser consumidas por un cliente-estudiante, y así ofrecer al mundo laboral lo que había aprendido. También mencionaba a esta institucionalidad como la responsable de construir socialmente la figura de niño a partir del siglo XX.

En la sociedad desescolarizada el autor comenta:

Hasta el siglo pasado, los «niños» de padres de clase media se fabricaban en casa con la ayuda de preceptores y escuelas privadas. Sólo con el advenimiento de la sociedad industrial la producción en masa de la «niñez» comenzó a ser factible y a ponerse al alcance de la multitud. El sistema escolar es un fenómeno moderno, como lo es la niñez que lo produce (Illich, 1971, pp. 58-59).

Esta perspectiva intenta destacar el modo en qué las organizaciones escolares de la época industrial definían (y lo siguen haciendo), un tipo de identidad diferenciada de aquella que pueden construir por sí mismos los individuos y los grupos que son parte de una comunidad. En esa época, la formación estaba supeditada a las normas de disciplinar el comportamiento y también la fuerza corporal para que pudieran integrarse a las labores de las grandes industrias manufactureras que se desarrollaron después de la Primera Guerra Mundial.

Sin embargo, la niñez como una categoría elaborada en parte por los fundamentos de la modernidad escolar, era tan sólo un eslabón transitorio para consolidar el desarrollo fabril, por lo que era necesario que la lógica de obediencia estimulada desde su instrucción se extendiera para generar un perfil de adolescencia y juventud que pudiera “acomodarse” a las necesidades configuradas por los dueños de esas organizaciones de hormigón y acero.

Esos ejercicios de coacción en esa realidad laboral, establecía que cada ser humano estuviera construido a través de diferentes formas de violencia como: 1. Adecuar su lenguaje y conducta de acuerdo con las miradas de los capataces, 2. Organizar su trabajo en función de un horario específico, 3. Desarrollar una coreografía en la versatilidad de sus movimientos con manos y piernas para jalar, empujar, cortar, sostener o deshacer, etcétera su material de trabajo y 4. Asimilar su jerarquía a través de cierta imagen corporal, es decir, los dueños con ropa, accesorios y arreglos diferentes de quienes generaban la labor operativa.

No obstante, el mismo sistema económico dominante requiere para su continuidad, además de revolucionar sus medios de producción técnica, también la constitución de nuevas estructuras sociales y renovadas acciones e interacciones que permitan crear esa riqueza ilimitada para algunos cuantos. De ahí que la presión como forma de poder y violencia tanto en la escuela como en las fábricas, ha cedido el espacio de manipulación para constituir una sociedad que controla a través de terapias ligeras cuyo fin no es la negación de los deseos de la gente, sino su aprovechamiento al maximizarlos para la producción.

En tal caso, lo que se manifiesta en el espacio profesional y/o el de las escuelas, no es ya el castigo mediante la agresión a los desacatos que no se cumplen (aunque todavía en muchos lugares siga operando estas formas de hacer las cosas), sino una amable invitación para quien genere sus actividades las realice explorando y explotando sus capacidades con el imperativo de yes, you can; que es la pieza del lenguaje otorgada para esta civilización del rendimiento.

Desde el punto de vista educativo, el rendimiento implica dos aspectos, por un lado, crear en la formación un tipo de mentalidad y carácter que logre generar las optimizaciones requeridas a nivel de lo que se necesita desarrollar en las labores de la empresa donde sea contratado (si esto es posible por el enorme desempleo o subempleo existente), y, por el otro, que la misma escuela se convierta en un escenario muy particular para el rendimiento, esto es que se construya toda una gama de estrategias para que los actores educativos -sobre todo estudiantes y profesores- sean los creadores y ejecutores del rendimiento, sin que lo lleguen a percibir y desarrollando lo que les dicen sus superiores; los cuales o están en el mismo sentido de rendir o gozan de los empoderados-explotados a quienes mandan. Situación que necesitamos reformar para que el ser humano disfrute de su espiritualidad y no del mero productivismo.

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