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Lugares de encuentro en CDMX, más allá de la intimidad

Están en todos lados. Posiblemente una se encuentre cerca de tu casa e incluso sean tus vecinos, son lugares discretos y poco llamativos que, a simple vista, podrían ser la casa de cualquiera de tus vecinos, pero dentro, más allá de ser un cómodo lugar para descansar y convivir en familia, se encuentre alguno de los lugares más candentes de la ciudad y con al menos una decena de personas en pleno encuentro sexual.

Se trata de los llamados «lugares de encuentro», famosos entre la comunidad LGBT+ de la ciudad, pero no exclusivos, también los heterosexuales saben cómo dar rienda suelta a sus impulsos. Te contamos, desde dos puntos de vista distintos, cómo se vive la experiencia en estos lugares.

NOTA: las personas a las que entrevistamos son habitantes de CDMX y mayores de edad. Por privacidad, solicitaron que cambiáramos su nombre.

Aquí nadie usa Antifaz

  • Mike, 27 años. Estudiante de maestría.

Fue mi primera y única vez en un lugar como ese. Hasta donde sé, hay varias sucursales de este lugar distribuídas por toda la ciudad —este reportero ubicó tres más a través de redes sociales: Chabacano, Ciudad Universitaria y Aragón—. Fui con unos amigos a celebrar el rompimiento de uno y a la búsqueda de una aventura antidepresiva para él, divertida para los demás. el lugar, ubicado a unos pasos del metro Salto del Agua parece ser de las más famosas y que más morbo provocan entre la comunidad. Pagamos menos de $100 pesos de cover por cabeza, nos ofrecieron condones, lubricante, y nos invitaron a pasar.

Hace calor, ¡mucho calor! Y no, no es un lugar de ensueño donde te encontrarás al hombre de tus sueños listo para protagonizar la película XXX de tu vida. El bar es pequeño, casi como un lugar para descansar unos minutos después de la acción o para verle bien la cara al tipo con el que quieres algo más que compartir el espacio. Tomamos una cerveza, y nos sentamos. Ahí es cuando vi a mi ligue de aquella tarde: de mediana estatura, delgado, brazos medianamente musculosos, barbón y labios carnosos. Chaparro para mi gusto, la verdad, pero bien parecido. Me sonrió y cortésmente regresé el gesto, él se fue y yo regresé a la conversación.

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Uno a uno mis amigos se fueron a dar la “jotivuelta”, yo me quedé en la plática con el despechado que no quería moverse un poco —claro, en 15 días no olvidas a tu ex de cuatro años—. Pero “él” regresó y me dio esa mirada cómplice e irresistible de las que no puedes resistirte, ¡sí estaba viviendo mi propia película porno!, y no pude, me disculpe con mi amigo y me fui de cacería.

Entramos a una de las cabinas más cercanas mientras escuchaba el reconocido golpeteo detrás de la pared de la otra habitación, y claro, uno que otro gemido de aquellos que llegaban al éxtasis. Mi ligue ya me esperaba recargado en la pared y al entrar, como si se tratara de un imán, me pegué a sus labios… bueno, después de agacharme un poco, mido 1.90 metros y el miniom —así lo bautizaron mis amigos tiempo después— pues, estaba algo pequeño para mi.

El resto de la historia es ardiente, pero bastante personal. Salimos un par de veces pero la estatura nos causó un par de problemas y lo dejamos por la paz, hoy él es un bonito y sensual recuerdo de lo que puede pasar en ese viejo edificio del Centro Histórico.

Las cabinas del General

  • Mirna, 32 años. Profesionista.

No soy ninfómana, pero para quien le gusta desestresarse con un buen agarrón, seguro siempre encontrará un buen sitio y de quién acompañarse. Yo no lo sabía, pero una de mis compañeras de preparatoria con la que tenía contacto solo a través de redes sociales era una conocida y famosa visitante de estas cabinas en las que, a diferencia de lo que se cree, la mayoría de sus visitantes son hombres heterosexuales, y hay de pronto una que otra parejita gay en busca de acción.

La primera vez que me contó a qué iba a este lugar, ubicado sobre Insurgentes Sur, me lo dijo con una libertad que despertó mi curiosidad, así que le pedí que la siguiente vez que fuera, me llevara.

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No tardó mucho. Dos semanas después me mandó mensaje para decirme que me veía a las 18:30 en Metrobús Álvaro Obregón para que la acompañara. Acepté, ¡y hasta me emocioné! Llegué puntual a nuestra cita y entramos a lo que es, a primera vista, una sex shop.

Confieso que ya ahí me dio un poco de miedo, una puede ser sucia pero en la comodidad de su casa o la intimidad, no en público. Pero bueno, ya estábamos ahí. Mi amiga pagó el cover de las dos y entramos. Jamás había visto algo así. Las cabinas del lugar son sencillas y con un asiento ideal para al menos dos personas, cada una con su respectiva pantalla y transmisión de porno.

Dimos una vuelta y pude ver desde el cuarto oscuro, hasta un par de cabinas con hoyitos —después descubrí para qué eran—. Finalmente, entramos a una un poco más grande que las otras que tenía candado. Entró un señor, no más de 45 años quizá, antes que nosotras y se sentó en el extremo.

Mi amiga me explicó cómo era la movida en el lugar y me dio la libertad de quedarme a ver y/o participar, salir a dar otra vuelta por el lugar o irme al bar y tomarme un trago mientras ella estaba en lugar. Opté por la última opción y antes de que se cerrara la puerta de la cabina tras de mi, di un vistazo final y pude ver que el acompañante estaba más que listo para la acción.

La curiosidad me llevó de vuelta al cuarto oscuro donde disfruté uno de los momentos más eróticos de mi vida. Y no, no es que participara en un encuentro, pero descubrí que hay placer, mucho placer en mirar. Así que sí, desde entonces me gusta ir de vez en vez a este lugar a relajarme y mirar lo que el cuerpo humano es capaz de hacer con un poco de calor.

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