Columnas

Esparta y la IVT.

Lo importante de las leyes no es que sean buenas o malas, sino que sean coherentes. Solo así servirán a su propósito.

Licurgo

No es ningún secreto que a Andrés Manuel López Obrador no le gusta el sistema democrático neoliberal. Por ello, en una época en la que se habla de transformación es indispensable preguntarse si lo que se propone como modelo futuro ya ha existido. Actualmente, muchos teóricos y algún que otro opinólogo, hablan de que lo que Andrés Manuel López Obrador propone es el chavismo, una vuelta de tuerca al echeverrismo o, peor, al lopezportillismo. Sea cual sea el nombre, todos acaban reconociendo que se trata de un modelo de corte populista, con poco apego al Estado de Derecho. Pero lo que se ve en la Cuarta Transformación no se apega del todo a un modelo populista. Más bien, podríamos decir que estamos ante el nacimiento de lo que Étienne Balibar llama un gobierno iliberal.

Para entender esto, debemos recordar que, en la Historia de las Ideas políticas, la democracia nació con un claro enemigo: el modelo espartano, que veía en la Asamblea ateniense la encarnación del caos. Esparta, digamoslo, fue el primer gobierno que se oponía a la democracia. En el ideario colectivo, la palabra democracia ha quedado emparentada al Partenón, y es en buena medida el legado de Atenas. Desde una perspectiva moderna, tanto Esparta como Atenas pueden ser vistas como frutos, bien distintos, de dos procesos de evolución de la polis, y entender esto implica ya una clara intención de comprender el fenómeno político. Las dos ciudades ya fueron consideradas en la Antigüedad como dos modelos a comparar y, en muchos casos, a imitar. Esta tendencia se ha seguido en la cultura europea desde el Renacimiento en adelante. Si en este campo Atenas significó durante mucho tiempo el modelo político dominante, no significa que Esparta pasase desparecida. Su papel en el debate de las ideas ha sido esencial, con ejemplos notorios como los textos de Rousseau.

Particularmente, llaman la atención dos de ellos claramente espartanos: la educación y la austeridad. Estos eran la base de lo que sería la primera Constitución del mundo occidental: la Gran Retra, que regía la forma de vida en Esparta.  No era una codificación de leyes particulares civiles y públicas, sino el nomos, en el sentido originario de la palabra: una tradición oral, dotada de validez, de la cual sólo unas cuantas leyes fundamentales y solemnes fueron fijadas en forma escrita. El espartano temía a la Ley sobre todas las cosas, a tal punto que prefería morir que violar la Ley.

Es en la educación espartana -feroz, por otro lado- donde se aprende a valorar y a temer la Ley. En la escuela espartana, se subordinarían todos los intereses privados al bien público, con la imposición de una estructura de base militar en la que sólo se criaban niños fuertes –los débiles eran abandonados en el monte- que pronto dejaban los cuidados  de sus padres para formarse en academias, los “homoioi”, los iguales. La educación era atribuida al Estado espartano y los jóvenes eran iguales en todo y apenas tenían nada propio. Además, se les exigía disciplina y sobriedad absolutas. En ese sentido, alguien ha señalado atinadamente que la escuela espartana sería semejante a lo que se vive en las Normales de nuestro país, donde si bien no hay una tendencia militarista si lo hay de la ideología comunitarista.

La vida espartana quedó retratada como lacónica,  dura,  sin concesiones ni lujos, justo lo contrario que los hedonistas y democráticos atenienses. El que mejor ha hablado de ello es Plutarco, en su Segundo Tratado sobre la carne (De esu carnium). Ahí señaló que en una de sus tres ordenanzas, Licurgo, el padre de la Constitución espartana, estableció que las puertas, así como sus marcos, las ventanas, y los techos de todas las casas se hiciesen utilizando únicamente sierra y hacha, con ninguna otra herramienta. Se imponía así la sencillez, manteniendo lo superfluo alejado de la sobriedad de los hogares. Según Licurgo, la tendencia a la exaltación de los valores guerreros aleja a la población del lujo o la sofisticación en la vida material, a la vez que las ocupaciones no relacionadas con la guerra serán consideradas negativamente. La austeridad, para Licurgo, era lo que permitiría el éxito de la comunidad.

Estos dos principios, si hacemos caso a Plutarco, conformaron un modelo de gobierno radical, que fue capaz de combatir a Persia y más tarde a la propia Atenas, para alzarse con la hegemonía política en el siglo V antes de nuestra era. Una revisión del modelo espartano, a la luz de estos principios, nos puede dar luz sobre lo que desea AMLO.

  • La organización política estaba basada en los cabezas de familia del pueblo, Gerousia, pero los reyes espartanos tenían derecho de convocar y disolver la asamblea, aprobaban el control de las decisiones de la asamblea y crearon los llamados “eforos”, para frenar las tendencias oligárquicas.
  • Estaba mal vista la desigualdad social entre los ciudadanos de Esparta. Todos tenían que disponer de lo esencial, por ello, se organizó un reparto de las tierras en Laconia y Mesenia, cada ciudadano, poseía entonces una parcela para su exclusiva explotación. De igual forma, los varones debían comer en banquetes comunes, sobriamente, y sin diferenciación de clases. Si bien la educación estaba diferenciada por motivos de género, las jóvenes competían con los jóvenes en ejercicios físicos, preparándose como ellos y no quedando reducidas al ámbito doméstico.
  • Dado que lo que se pretendía era una sociedad auto suficiente, se apostaba por un modelo que dificultase el comercio con el exterior.

A la luz de la IVT, la vieja discusión entre el modelo espartano y el ateniense no ha muerto. Por el contrario, resulta importante abordarla casi por los mismos motivos que lo hacían en el siglo V antes de nuestra era. ¿Qué tipo de sistema económico es más conducente al bienestar humano? Los pensadores griegos dejaron en claro algo que hoy resulta obvio: que la “riqueza de las naciones” es el resultado de la investigación científica –aprender sobre el mundo que nos rodea- y de una organización social que permite que grandes grupos de personas libremente trabajen juntos para el bien común. Así, en la IVT, los mercados pueden tener un rol crucial que desempeñar a la hora de facilitar la cooperación social, pero sólo si están subordinados al régimen de derecho y son objeto de controles. Se puede argumentar que esta última frase conduce a un modelo social cerrado, pero el reto justamente es evitar la dictadura perfecta. La clave está en lo que señaló Licurgo: hay que ser coherentes. Pero se entiende el malestar: imaginar a la IVT hablando de coherencia sería tanto como oír a Mario Marín exaltando la decencia o a Javier Duarte encomiando el sentido de la vergüenza. Al tiempo.

David Marklimo es escritor. Fue observador electoral en 2006, 2012 y 2018.

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