Estamos muy lejos del estado fallido
Por: Félix Ponce Nava
Inmediatamente después de la elección presidencial de 2018, el abrumador, inesperado triunfo de López Obrador vino a generar, en su contra, un activismo público y privado de la oligarquía, clase política dueña del poder por 84 años.
Con la pretensión de hacer un análisis objetivo de la situación política real en nuestro país, es obligatorio analizar las características del concepto de «estado fallido», para poder determinar lo cercanamente que estamos de esa condición.
Se observa que el margen de maniobra del actual titular del Poder Ejecutivo disminuye ante la importante e intensa estrategia de comunicación de la actual oposición política.
El sistema político mexicano se caracterizó hasta el parteaguas del 2018, por el ejercicio político-económico de una oligarquía que, utilizando a los medios de comunicación masiva, sindicatos de trabajadores y empresariales corporativizados, alejados de prácticas democráticas, pero que servían eficientemente a esa oligarquía.
El análisis serio no puede dejar de lado que la debilidad de esos gobiernos post-revolucionarios, era el resultado de actos intencionales para permitir a la oligarquía económica gobernar desde los entretelones y así beneficiarse de los recursos públicos.
En repetidas ocasiones desde hace dos décadas el analista mexicano Alfredo Jalife Rahne ha resaltado entre otros, las opiniones de William Lind y Jim Willie que denominaron a México como «Estado fracasado» por su pesimista vaticinio para nuestro país.
Destaca que, en la opinión de estos analistas, la situación de México es similar a la de Irak o Afganistán en donde el Estado ha desaparecido, pues los carteles de droga y los poderes paralelos, han logrado aniquilar a los líderes políticos y apoderarse de los medios de comunicación.
En este sentido resalta la opinión de William Lind quien ha publicado en el derechista diario Washington Times, bajo el título «Down Mexico Way» su teoría de la «guerra de cuarta generación» que se caracteriza por tener como actores a los poderes paralelos que no pretenden derrocar al Estado, sino utilizarlo para realizar sus actividades.
Es la hora de que reflexionemos en nuestro activismo político ante el riesgo de generar las condiciones indeseables de ser considerados en la situación de «Estado fallido», consecuencia del desorden, crimen, desinformación malintencionada, pues los efectos serían caer bajo el yugo de fuerzas imperiales que siguen viendo a nuestro país como un botín económico para explotar.