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Científicos «despiertan» a microbios de las profundidades submarinas de hace 100 millones de años

La exploración de sedimentos hallados en las profundidades submarinas abre una ventana para entender el clima y los grandes acontecimientos geológicos de otras épocas. También da pistas sobre cómo la vida puede abrirse paso en condiciones extremas, como las que había en la Tierra hace miles de millones de años. Pero rara vez estos abismos aportan además organismos vivos.

En un nuevo estudio publicado este martes en Nature Communications, investigadores japoneses y estadounidenses detallan como microbios recogidos entre sedimentos con una antigüedad de 100 millones de años han podido ser despertados en el laboratorio, después de haber estado inactivos desde el Cretáceo.

El equipo recogió las muestras de sedimentos en el curso de una expedición al Giro del Pacífico Sur, hace ya diez años. A bordo del buque de investigación marina JOIDES Resolution, perforaron numerosas capas de sedimentos a casi 6.000 metros de profundidad, hasta 100 metros por debajo del fondo marino. Se trata de un área del océano con baja productividad (escaso crecimiento de algas y plantas) y pocos nutrientes disponibles para alimentar los ecosistemas.

«Lo más emocionante de este estudio es que muestra que no hay límites para la vida en los sedimentos del océano», afirma el profesor de Oceanografía de la Universidad de Rhode Island Steven D’Hondt, uno de los coautores del estudio. «Es el más antiguo que hemos perforado, con la menor cantidad de nutrientes, e incluso allí hay organismos vivos que han podido despertar, crecer y multiplicarse».

Los científicos hallaron oxígeno en todas las muestras, lo que sugiere que los sedimentos se acumulan lentamente en el lecho marino, a una tasa de no más de un metro o dos cada millón de años. Eso permite que el oxígeno penetre hasta las capas más bajas. Unas condiciones que hacen posible que ciertos microorganismos aeróbicos -es decir, aquellos que requieren oxígeno para vivir- sobrevivan durante millones de años.

«Nuestra principal duda era si la vida podía existir en un entorno con nutrientes tan limitados», señala el autor principal del artículo, Yuki Morono, científico de la Agencia Japonesa de Ciencia y Tecnología Marino-Terrestre (JAMSTEC). «Y queríamos averiguar durante cuánto tiempo los microbios podían permanecer con vida en esa ausencia casi total de alimentos».

TÉCNICA INNOVADORA

En el lecho oceánico, la llamada nieve marina (partículas de materia orgánica que provienen de la superficie y caen continuamente hacia el fondo) crean nuevas capas, al ser transportadas por el viento y las corrientes. Pequeñas formas de vida, como los microbios, quedan atrapadas en estos sedimentos.

Los análisis demostraron a los científicos que no estaban ante restos de vida fosilizados, sin organismos capaces de prosperar: gracias a novedosos procedimientos de laboratorio, lograron incubar las muestras obtenidas hace diez años para lograr que los microbios crecieran, se alimentaran y se multiplicasen.

Aun así, los autores reconocen su sorpresa ante los resultados. «Al principio era escéptico, pero hallamos que hasta el 99,1% de los microbios del sedimento depositado hace 101,5 millones de años todavía estaban vivos y listos para alimentarse», explica Morono.

Gracias al desarrollo de esta técnica para cultivar y manipular microorganismos antiguos, el equipo de investigación planea aplicar un enfoque similar para resolver otras preguntas sobre el pasado geológico.

«La vida de los microbios en el subsuelo es muy lenta en comparación con lo que hay en la superficie, la velocidad evolutiva de estos microbios será más lenta también», reflexiona Morono. «Queremos entender cómo estos microbios antiguos pudieron evolucionar así. Este estudio muestra que el subsuelo es un lugar excelente para explorar los límites de la vida en la Tierra».

No es la primera vez que microorganismos durmientes durante largos periodos salen a la luz y vuelven a la vida. En un estudio de 2005, científicos de la NASA revivieron con éxito bacterias (Carnobacterium pleistocenium) que habían estado encerradas en un estanque congelado de Alaska durante 32.000 años.

En 2014, un equipo de investigadores de la Universidad de Aix en Provence (Francia) liberaron dos virus que habían estado atrapados en el permafrost siberiano durante 30.000 años, Pithovirus sibericum y Mollivirus sibericum.

Ambos pertenecen a lo que se llama virus gigantes, de tamaño similar al de algunas bacterias pequeñas, y fueron hallados a 30 metros bajo la tundra siberiana, con la desaparición del permafrost. Aunque ambos son inofensivos para el ser humano.

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