Dom. Nov 29th, 2020

Los lenguajes prohibidos o encadenar las verdades incómodas

En algunas partes de México y del mundo existe una costumbre la cual asocia lo que se dice y se piensa con –dirían algunos– lo “políticamente correcto” o como –dirían otros– la “simulación”, es decir, se usan palabras o frases suavizadas que evitan dañar o herir susceptibilidades e intentan pasar por alto o “dar la vuelta” a cuestiones de difícil trato, sea para evitar la confrontación y llevar una vida duradera.

En ese sentido, no hay que confundir los mensajes detonantes de cualquier tipo de violencia, con aquellas comunicaciones las cuales revelan aspectos inéditos, profundos y/o que no se reconocen como “adecuados” en las familias, en los grupos de trabajo o en colectivos más delicados. Hay dos casos muy elocuentes vinculados entre sí que usan el simbolismo verbal para desterrar cierta crudeza (no la única, ni necesariamente la que tenga validez, pero importante para quien suscribe este documento).

El primero de ellos, remite a cierta situación actual vista y vivida en lo que se llaman países desarrollados o en vías de hacerlo. El discurso permea cosas como: “se vive en una época de logros materiales y productivos”, “es necesario aprovechar a la sociedad del conocimiento” y/o “las plataformas no son un instrumento, sino un compañero para el trabajo”.

Independientemente que queden vedadas o encriptadas las críticas a como se elaboran este tipo de cuentos y sus cuentistas, resulta importante voltear a mirar uno de esos “lenguajes prohibidos”, los cuales tratan de ser sepultados por el pensamiento único.

Uno de ellos es que la realidad ha dejado de ser un tallo de verdor para cultivar la espiritualidad, lo espontáneo, la sorpresa y la unidad de entre prójimas y prójimos y más bien se ha creado un universo abocado al trabajo eficiente, sin descanso y a presión y que además se celebra como el fundamento de la existencia. Y cuando se trata de crear un comentario sobre cómo han desaparecido los rituales de la cortesía o del cortejo y se ha creado al amor y/o a la amistad como un asunto de marcas, las personas se incomodan y en automático tachan al “hiriente” de alguien quien no “goza” de los privilegios de vivir en el consumo o en la productividad y de ahí la guerra por posicionar los relatos para gestionar a los creyentes de ellas.

El segundo y último ejemplo, puede derivar del primero; de la situación de inicio del ciclo escolar –sobe todo para los más pequeños– determinadas autoridades de la SEP y algunas maestras y maestros en México; usan: “empatía”, “no hay que saturar a los pequeños con actividades “o hay que ser comprensivos con los padres”, cuando al ejecutar la “educación” por televisión o por medios digitales, se ve todo lo contrario: una imposición esclavizada y ciega de los modos de “aprender” que se afianzan más a la obsesión ciega de incrementar la productividad” y no a reflexionar, discutir y mirar la vida de otra manera.

De tal manera no se habla de que la TV es un artefacto contra-comunicativo, es decir, no existe diálogo entre “educador” y educando, del desfase entre la escuela y lo que se proyecta en imágenes, de la poca atención que se pone a los niños y adolescentes a quienes se les sigue viendo como objetos sin puntos de vista, de las graves consecuencias cerebrales que conlleva el internet, de la simplificación de crear procesos de formación con plataformas, del exceso de explotación hacia los docentes, mamás y papás y alumnos. En suma de que nos guste o no, en esta época, la especie humana ha dejado de ser carne para ubicarse en la dimensión cosificada que no queremos aceptar.

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