Mar. Oct 20th, 2020

Los goles de Bale en el recuerdo.

En el fútbol no hay nada más que el gol. Es un juego sencillo: hay que meter más goles que el contrario. Cuando lo consigues, lo que permanece es el gol, no lo que sucedió antes y despúes. El gol. Sólo el gol. Nadie recuerda que Inglaterra jugó un buen partido y que, por culpa del DT, que metió tarde a John Barnes, perdió. Lo que ha quedado es el primer y el segundo gol de Diego. Otro ejemplo: pocos ponen el énfasis en las tres paradas que realizó Casillas en Glasgow. Los ojos siempre están sobre la inmortal patada de judo de Zizou. El Gol, así en mayúsculas.

Algo de esto ha entendido Gareth Bale, me parece. Hasta la Copa de Europa de Kiev, pareció vivir de ello. Su carta de presentación fue su gol al Barcelona en la Copa del Rey. Obviamente no fue un gol de cascarita, cualquiera. Fue el gol del triunfo, después de que el Barça empatara, cuando el partido parecía que iría a la prorroga. Cristiano no estaba en el campo, pues andaba esforzándose para llegar a Lisboa. Fueron 10 segundos en curva, con una velocidad propia de los doscientos metros de Usain Bolt en los Juegos de Pekín. Al más joven del equipo contrario, lo dejó molido y no tuvo otra que marcharse tiempo después, humillado. Fue tal la potencia de la carrera que el Madrid llegó lanzado a la Décima, con la moral por las nubes, pues había sido capaz de vencer sin los goles de CR.

Aunque menos espectacular, Bale reforzó su imagen con el gol que selló la Décima, después de que Di María burlase hasta su propia sombra. Fue en una prorroga, cien minutos después de sufrir de lo lindo. Ese gol es de lo más raro que hay, porque la Décima está asociada siempre al anterior, al del empate, y a la cabeza de Ramos. Cualquier abusado verá que es el gol que certifica el trofeo más anhelado por el club después de la Séptima. Nunca hay que olvidar que esperar doce años en el Real Madrid es como hacerlo durante un milenio en otro lado. Y el gol de Bale fue el que permitió terminar esa sequía. Él lo supo de inmediato, pues salió disparado, eufórico, hacia el banderín y no lo pateó sólo por quien sabe qué razones.

Con esos dos goles, todo el mundo pensó que se tenía un jugador a la altura de su precio. También, con esos dos goles, nadie pensaba que no se hubiese ya adaptado a la Liga ni al equipo ni a la Ciudad. Más allá: visto su primer año, nadie sospecharía de que se trataba de un jugador de cristal. Incluso, su partido en Milán, en la Undécima, cuando fue a patear el penalti casi cojo no nos remite a esa imagen de jugador de lentilla ni dejado que se ha generado últimamente.

¿Cuándo empezó el problema? Viendo hacia atrás, habría que decir que en la final de Cardiff, a la que llegó lesionado. La ciudad se había engalanado para la final e incluso había un gran cartel con su rostro. Pero Bale no jugó de inicio. Entró ya en la segunda parte y no tuvo el protagonismo que si tendría, por ejemplo, Asensio. Jugar en su ciudad, frente a los suyos, era lo esperado. Pero Zizou, el dios de Glasgow, decidió otra cosa. Y encima, el Madrid jugó el mejor fútbol que se le recuerda en mucho tiempo, particularmente el segundo tiempo. Zidane, que ve más allá de lo evidente, debió sacar algún apunte: este tío es la hostia, pero podemos jugar de maravillas sin él. Tampoco está claro si la irrupción de Asensio -que viene de la misma tierra que vio nacer a Rafa Nadal- tuvo algo que ver o no.

Empezaron, entonces, una serie de desventuras, pero Bale seguía siendo importante. Salía de la enfermería y anotaba, lo que le daba crédito. Lo que sería si no se lesionase tanto, se escuchaba. Y empezó, entonces la telenovela: no se entiende que, a la par, mientras el soleo le daba problemas día si y día también, él se fuese no a descansar sino a jugar al golf toda la mañana. Un futbolista, en su momento el más caro del mundo, transmitía una pasión ajena al balompie. ¿Era eso pecado? Mientras anotase, no. Como cuando Romario se enfrentó a Cruyff por el Festival de Río: se le criticaba su falta de pasión, pero no se le podía reprochar gran cosa. El crédito se fue a las nubes con ese espectacular doblete, en el que Zizou se llevo las manos a la calva, en la final de Kiev. No fue la chilena de Hugo al Logroñes o la de Cristiano en Turin, pero tuvo la particularidad de anotarla en la final y nada más y nada menos que al Liverpool (uno de los tres equipos que han sido capaces de derrotar al Madrid en una final de Copa de Europa). Ahí Florentino supuso que Bale podría ser el nuevo Cristiano. Grave error, está más que claro. ¿Entonces? El gol, los goles, quedarán en la memoria. Con el tiempo se les dará valor. Pero el reproche no es ese.

Tiene que ver con la valoración que se hace de un club como el Real Madrid. Eso que los teóricos de Sociología llaman Capital Social, que se refiere al conocimiento que une a dos individuos o el posible conocimiento que puede unirlos. ¿Era Bale un jugador para el Madrid?¿Entendió que aunque anote en todas las finales de Copa de Europa, aunque desfonde a Batra, no se trata de su propia experiencia ni su espejo? En los últimos tiempos, Bale y su entorno nunca hicieron un esfuerzo por aceptar el discurso de Zidane. Se trataba de entender el valor y prestigio que da jugar en el Real Madrid. El agente de Bale se cansó de repetirnos que para el jugador era importante sentirse eficaz: hablaba demasiado de su confianza en su propio talento. Por contra, Zidane trajo al vestuario una idea tremendamente poderosa y contraria: que todo radica en la capacidad de enseñarle al jugador lo efímero del fútbol, que hay de disfrutar del juego y trabajar en conjunto. Es, de nueva cuenta, un asunto simple. Después, claro, se puede partir de esa eficacia individual de la que tanto se vanagloriaba Bale y su agente. Pero hay que situarla en el conjunto, en el propio sistema, para desarrollar una eficacia colectiva y sistémica que sirve para avanzar, crecer y hacer más goles que el contrario. Ese es el tipo de desarrollo profesional que está arraigado el Real Madrid. Ya lo dijo DiStefano: ningún jugador es mejor que todos juntos.

Pero hay que ser honestos, Bale puede estar tranquilo: nadie recordará esto en unos años. Permanecerá el gol, el desfonde, el Usain Bolt, el gol de la Décima y la chilena de Kiev. Algo de eso entendió y, por eso, se comportó como se comportó. Adiós, muy buenas. Gracias por los goles y suerte en Londrés.

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