El Gran Dilema de los Toros: Diputado Pablo Trejo Pérez
El Congreso cuenta con 45 días para pronunciarse respecto a esta iniciativa que tiene como objetivo prohibir las corridas de toros.
Se tiene la idea de que la política es la exposición de motivos entre posiciones encontradas, que las partes de una sociedad no siempre tienen la misma opinión sobre tal o cual tema. La política es el manejo de disensos, nos solían decir en los tiempos en los que el Partido Acción Nacional gobernaba. Es una concepción un poco limitada, que puede servir, aunque también limita el poder de lo que la mayoría determina.
Por otro lado, la política también puede ser caracterizada como el manejo de lo simbólico, de aquello que está detrás de un objeto o, incluso, de lo que representa el objeto en sí. El poder simbólico es la capacidad de influir en la percepción y las acciones de las personas mediante la posibilidad de desentrañar el significado de las palabras, imágenes y gestos. Es la idea de que algunas cosas representan a otras. Por ejemplo, el color rojo puede representar pasión, sangre, amor o devoción. Otro ejemplo podría ser el papel de la madre y el de la Virgen de Guadalupe. Los símbolos, al fin y al cabo, están incrustados en los modos de acción y las estructuras de cognición de los individuos.
Estas dos concepciones de la política son pertinentes dado que esta semana –después de que el Instituto Electoral de la Ciudad de México (IECM) validó las firmas que forman parte del proceso para la dictaminación de la iniciativa ciudadana en contra de las corridas de toros–, el Congreso de la Ciudad reavivó el debate en torno a su prohibición.
Ahora, el Congreso cuenta con 45 días para tomar una determinación y pronunciarse respecto a esta iniciativa que tiene como objetivo prohibir definitivamente las corridas de toros en la capital del país. Es evidente que existen diferentes posturas sobre las corridas de toros en la capital. Quizá por eso, sea conveniente expresar las distintas posturas, para que se pueda observar el peso de cada una y tener un debate más serio y profundo, que es lo que al final nos exige la ciudadanía. Vamos a referirnos a las dos posturas más célebres respecto de cada posición.
En los argumentos a favor solemos encontrar el peso de la tradición. Al respecto, hay que decir que las corridas en nuestro país datan de 1535, con las celebraciones del nombramiento de Antonio de Mendoza como virrey de la Nueva España. Sin embargo, en el marco de las tradiciones, también hay que exponer que la propia Iglesia católica no comulga con las corridas de toros. En 1567 –poco más de treinta años después de la primera corrida en México–, el Papa Pío V promulgó la bula “De salutis gregis dominici”, donde consideraba que “esos espectáculos en que se corren toros y fieras en el circo o en la plaza pública no tienen nada que ver con la piedad y caridad cristiana, y queriendo abolir tales espectáculos cruentos y vergonzosos, propios no de hombres sino del demonio”. Por supuesto, dicha bula no fue difundida por el imperio español, donde Felipe II había promocionado los toros como sinónimo de identidad y símbolo del poderío español de la época.
En los argumentos en contra, suele apelarse a la Ética, la ciencia del bien. Las normas más respetables suelen ser universales. Todo el mundo está de acuerdo en que no se debe matar al vecino, ni mutilar a la vecina, ni quemar el bosque, ni asaltar al viajero. Por desgracia, en muchos sitios hay costumbres locales crueles, sangrientas e injustificables, aunque no por ello menos tradicionales. Este argumento ha sido estudiado nada más y nada menos que por Fernando Savater. En su texto Tauroética, define el término como lo opuesto a lo necesario y afirma que los animales carecen de intereses moralmente relevantes bajo una visión de su conducta como algo puramente instintivo que está más que refutada por la etología: “Lo característico de la conducta humana es poder inhibir o aplazar la satisfacción de nuestras necesidades más perentorias para cumplir otros propósitos: respondemos a intereses que son, por definición, múltiples, contrapuestos y por tanto incompatibles frecuentemente unos con otros.
Tener intereses, lo propio de la humanidad, es lo contrario de “no tener más remedio que”, lo propio del comportamiento de los animales”.
Tanto desde el terreno del manejo de los disensos, como el del propio simbolismo, la discusión no es fácil. Sin embargo, es interesante que el debate se ubique: en primer término, la posición sobre sí la cuestión es a favor o en contra de la tauromaquia; en segundo lugar, entender si nuestra posición primaria lo es por motivos políticos, ético-morales o estético-religiosos.
Con esas consideraciones, vamos pues, al debate.

