Diario Negro de Buenos Aires
There’s nothing in the streets / looks any different to me / and the slogans are replaced by-the-bye (No hay nada en las calles / se ve algo distinto para mí / y los lemas fueron remplazados por el adiós)
PETE TOWNSHEND
Es muy difícil volver a la infancia, enfrentarse a ese que fuiste. Parece algo fácil de decir pero es muy doloroso de asumir. Máxime cuando, como en el caso de Federico Bonasso, la vuelta a ocurre tras un exilio feroz y un corazón roto por el fin del rocanrol.
Dice Javier Marías en Mala Índole (ese increíble relato sobre Elvis Presley en Acapulco): Nadie sabe lo que es ser perseguido si no ha pasado por ello y la persecución no ha sido con deliberación y determinación y ahínco, sin pausa, con perseverancia y fanatismo, como si los perseguidores no tuviesen otra cosa que hacer en la vida que darle alcance a uno y antes buscarlo, acosarlo, seguirle la pista, localizarlo y a lo sumo aguardar la ocasión mejor para ajustarle las cuentas. Y aunque el texto citado se adapte mejor a sus padres, escondidos de la dictadura argentina, es imposible no imaginar en esas palabras lo que tuvo que ser la infancia: un eterno juego de las escondidas.

La historia de Federico, Fede como lo llaman cariñosamente, se quebró cuando el juego se acabó y hubo que huir. Y ahí empieza esa búsqueda, ese intento por regresar. Pero lo que ve no es lo que recuerda, dado que el mapa jamás es el territorio. Sobreviene, entonces, no la desilusión, pero si la realidad: el mundo, suceda lo que suceda, continua girando.
Para entender algo tan obvio, habrá que recurrir a una escena. Imaginemos un joven mexicano, en su primera vez en Buenos Aires. Nada más llegar se ve con la que entonces era su novia, en el famosísimo Obelisco. Sobreviene una escena de un dramón telenovelero (por qué viniste, por qué estás acá)… así que al salir, con el corazón hecho trizas, a quien sabe cuántos kilómetros de su casa, completamente sólo, se le ocurre ponerse a caminar por esa ciudad tan extraña, linda y dramática. Es, en esos momentos, un hombre de ninguna parte. Sepa cómo, pero llega al panteón nacional. Al entrar se desata una lluvia veraniega, de esas que le tiran a uno el cielo encima. Y al caminar, solo, mojado, entre las tumbas y estatuas de los próceres patrios argentinos, recuerda esa escena de Entrevista con el vampiro, justo cuanto Tom Cruise convierte a Brad Pitt. Fue ahí, donde se encendió la lampara y piensa: así que esto es Buenos Aires. Si toda literatura es una imagen, Buenos Aires es eso, un cementerio mojado. Y sería hasta la lectura de este Diario Negro que comprendería la poesía de su imagen. Sólo ahí, con el estruendo de la lluvia, se puede escuchar lo que tienen que decir los que ya no están o -si se quiere- los que están lejos. Porque una característica de las imágenes, como los recuerdos, es que son propias. Queda la duda: ¿realmente Buenos Aires define al protagonista o solo es parte del territorio de su infancia? ¿Confundió, Fede, la representación, queriéndola hacer real o efectivamente esa ciudad terrible -donde hay orines en las ventanas y perros demoníacos- sucede? ¿Se quedó con el mapa o abjuró del territorio? ¿El cambio, en verdad, tenía que llegar? ¿La moral que ellos, los dinosaurios, idolatraban desapareció? ¿Se liberó? El mundo parece el mismo pero la Historia ha cambiado porque siempre ganan los mismos. ¿Tan mal cae lo que se ve? ¿Tan pesada es BsAs?
El humor, las imágenes averiadas, la música son un mecanismo de autodefensa mucho más económico que la terapia. Está claro. No puedo contigo, así que mejor me río. Evitemos poner en la superficie todo lo oscuro y turbio, dejemos que quien pase y vea sea el encargado de hacerlo si quiere, puede y tiene ganas.
Es muy difícil volver a la infancia, enfrentarse a ese que fuiste. Itaca no tiene más que ofrecerte. Es una verdad tan absoluta que no es extraña para los genios. Kobe Bryant, sí, el de los Lakers, hablando con Rafael Nadal un poco antes de del último partido de éste en Nueva York, le dijo eso mismo y añadió: «no serás el mismo que eras. Pero puedes ser una versión diferente y ser mejor”. Parece que Fede, ese que saltaba en Rockotitlán y quería ser Keith Moon, lo ha conseguido.
Federico Bonasso, Diario Negro de Buenos Aires. Reservoir Books. 2019. Disponible aquí
David Marklimo, es escritor, autor de Limpio no te vas y Peten en Waterloo.
Muy interesante!