Vie. Sep 17th, 2021

A view shows a classrom of Orlando Garcia state primary school in Socopo, Venezuela March 2, 2018. Picture taken March 2, 2018. REUTERS/Carlos Eduardo Ramirez

Plataforma educativa digital o el vaciamiento de las emociones

Desde que se inició el confinamiento por el COVID-19, la humanidad ha tratado, no sólo de gestionar el temor causado por la enfermedad, sino también la forma de continuar sus actividades laborales, de entretenimiento y de formación para dar sentido a su vida. Para ello, ha recurrido al home office como una medida que no detenga, ni la economía, ni tampoco los procesos educativos de la comunidad escolar.

Dentro de este último ámbito y gracias a las tecnologías de información y comunicación una serie de herramientas que lograsen por un lado, aminorar el impacto de no ir a la escuela presencial y, por otro, impulsar una modalidad de estudios que además de seguir, sirviera también como catapulta para generar nuevas habilidades e innovadoras formas de generar y aplicar el conocimiento.

De tal suerte que instrumentos ex profeso como google classroom para el trabajo áulico y otros que se habilitaron para el mismo fin: zoom o google meet, por citar algunos casos, se convirtieron en una solución profesional para atender a una población estudiantil en diferentes edades. En tal caso, para las instituciones públicas esto era un remedio para que en ciertos niveles se alcancen los llamados aprendizajes esperados.

Para organizaciones privadas, se convirtió en el tanque de oxígeno para seguir en el cobro de colegiaturas. Para algunos especialistas, se vio como un enorme arsenal para generar condiciones en el aprendizaje. Para el público en general, la opinión se dividió entre: 1. Ser la solución, 2. Una carga más para docentes y padres y 3. Indiferencia ante lo dicho.

Si analizamos con detenimiento, se verán tres aspectos en los que se debiera reflexionar sobre tales plataformas educativas. En primer lugar se dice que sean conexiones remotas o sitios que alojan temas y actividades para ser evaluadas, se está en un salón de clase presencial.

Por supuesto esto no es así, pues el lugar que comparten estudiantes y profesores, se caracteriza por rituales como: 1. La presentación y discusión de lo que se va a mostrar en un programa, 2. La negociación que se hace para generar aprendiza significativo entre los educandos, 3. Los lenguajes verbales y no, que se gesta en el lugar, 4. Los ritmos de tiempos  y de movimientos en el espacio áulico y 5. Los silencios, las bromas y el cotilleo que se generan.

Si, se pretende simplificar la idea de salón como un lugar técnico para acreditar asignatura, se desfavorece la profundidad y el deseo y necesidad de socialización.

En segundo lugar, cada vez que se inscribe a una plataforma de este tipo (y de otras temáticas), el sitio registra los datos para que queden ahí y los dueños (entre otros), sepan algo de ti, sea para enviar mensajes de las novedades educativas y/o para vender algún servicio y/o para saber quien se es y hacer catalogaciones de los individuos.

Finalmente, en tercer lugar, al poner entre paréntesis la interacción cara a cara, se renuncia a una idea de comunidad que da cuerpo a personas y grupos que se construyen por lazos sociales y culturales. En tal sentido, la liquidación de un “estar juntos”, abre la puerta para diluir formas de vida que no se atengan a lo digital en lo general y a las plataformas educativas en lo particular. Esperemos que como ciudadanos reaccionemos ante la pandemia de la virtualización de la vida.

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