Vie. Nov 27th, 2020

Distopías tecno-posmodernas… Y una esperanza

El ser humano en su afán de dar certezas para el dominio de fuerzas incomprensibles encontró en la ciencia, la filosofía y la política, las herramientas más efectivas que domesticaran lo desconocido y para fundar una civilización en dónde la continuidad de la existencia se sometía a un imperativo discursivo; el del progreso racional como forma de la emancipación humana.

Hoy en día la civilización a nivel planetario se enfrenta a dos lógicas que se han manifestado como un nuevo “espíritu del tiempo”, como indicaría Edgar Morin, se trata, por un lado, de la implosión de los valores, principios e instituciones modernas y por otro, la emergencia de formas comunicativas y culturales inéditas, las cuales se mezclan con las anteriores y además muestran una serie de anclajes y contradicciones sobre la salvación humana como la anhelada por la primera modernidad.

Dentro de esos fenómenos se pueden ubicar cuatro; algunos de ellos se han hecho más visibles y han acelerado el proceso de una supuesta liberación humana debido al coronavirus y, otros, pertenecen a los rostros recombinados de la globalización técno-económica.

El primero se refiere a las teorías conspirativas encontradas desde hace tiempo en publicaciones impresas y que hoy en día, además de ser vehiculadas rápidamente por la virtualidad, manifiestan un componente de anomia social, es decir; los cambios para la humanidad llegarán vía otras entidades paranormales, sin la necesidad de que los individuos o colectivos luchen en la esfera del conocimiento, ideológica y/o de la revolución social.

El segundo se ubica en la virtualización educativa; si desde Sócrates, pasando por la institucionalización educativa y hasta antes de la llegada de la televisión, la formación educativa suponía un proceso presencial de interacción en la reunión, discusión y comprensión del saber y las necesidades humanas, en la actualidad con el montaje educativo en digital, derivado de las exigencias productivas del mercado, se convierte a la técnica en un sustituto formal de la espontaneidad que se genera los encuentros formativos cara a cara y, también, construye patrones de automatización y desensibilización del comportamiento humano.

El tercero refiere a lo que llama Byung-Chul Han, como lo “bello digital”. Si bien una de las actividades más importantes para oponerse a la alienante realidad fabril del siglo XX, era el arte modernista, con su visión «borrosa» de la mujer y el hombre, con el ascenso de teléfonos y tablets, se perciben pantallas pulimentadas que esconden el estupor creado por el cubismo y el surrealismo, gestando una estética en la que el modelo es el no dolor.

El cuarto es una idea sobre la “maldad líquida”, acuñada por Zygmunt Bauman, donde el mal reconocido en la Edad Media como el diablo o en la modernidad, como el anti-progreso, hoy en día remite a dos cuestiones; el “surfeo” de información sobre la identidad personal para fines no legales e inmorales y la circulación de «olas» de entretenimiento, los cuales reducen la vida humana en ficcionalizaciones que confunden la realidad con series o películas.

Finalmente, una esperanza; en medio de los cambios culturales, tecnológicos y de la convivencia humana, los cuales parecen fragmentar más que unir ¿podrá haber desde la comunicación y la educación, una dinámica que logre virar la revolución digital hacia la comprensión, la colaboración y los derechos de equidad y justicia social? Aquí un posible renacer.

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