Columnas

Por ahí no es, Presidente. Por ahí se va al fracaso.

Por: Manuel Solares Mendiola

La única razón de existir del Estado es brindar, por encima de todo, seguridad y justicia en la amplia acepción de los términos. No hay otra. Desde que los filósofos jónicos inventaron el concepto del Estado  como obra superior de la cultura, lo definieron así, independientemente de otros atributos básicos.

En el devenir, después de toda la parafernalia teórica que se ha dicho sobre el Estado, se describió desde un concepto estorboso para los poderes reales,hasta llegar a ser un Leviathan super poderoso hasta convertirse, como en México, en un sujeto jurídico cargado de pasivos patrimoniales con sus gobernados.

Pero en el fondo de todas las obligaciones, modalidades, acepciones, conceptos, definiciones y objetos, queda lo que desde hace miles de años se definió : la responsabilidad primaria de brindar seguridad y justicia.‎ Es la lucha constante contra la Iglesia, el invasor, los caciques y los señores de horca y cuchillo, soliviantados por el poder.

Todos coincidimos en que no se puede vivir en un territorio sin orden, sin leyes y sin instituciones que las hagan efectivas, en una democracia donde priva la ley del más fuerte, del más corrupto o del más impune. La violación de la ley es la falta de respeto al depositario original de la soberanía :el pueblo de carne y hueso.

La democracia no se puede asociar con desorden e inseguridad, cuando debe ser sinónimo de orden y estabilidad, producto de leyes que hagan cumplirlas. Vivir así es peligroso, porque la actual parálisis deriva en el necesario colapso de los sistemas económicos, financieros, políticos y sociales de cualquier nación.

Ningún Estado tiene justificación de sobrevivir esquivando estos mandatos superiores, aunque se alegue en favor de la displiscencia que se hace por causas que están por encima de la voluntad popular. Aunque se haga por miedo o seguridad personal de los mandatarios. Ningún pretexto es válido, bajo ninguna circunstancia.

Sin seguridad y justicia, los índices de crecimiento, desarrollo, tipos de cambio frente al dólar, tasas de interés, preferencias del consumidor, inversión extranjera, pública y privada, son fantasías dirigidas a la tranquilidad del respetable. Pueden volar en pedazos, ser pajaritos en el aire.

Pueden ir chupando faros desde ahora los seis billones de pesos del presupuesto federal 2020, toda vez que más del noventa y tres por ciento de su contenido se refiere a deudas atrasadas, obligaciones etiquetadas,sueldos, salarios y prestaciones burocráticas, de las cuales sólo quedan unos cuantos miles de millones para gastar en algo de provecho.

Tiene más «cash»‎ cualquier narquillo o cualquier capitoste favorecido por concesiones estatales que el gran Tlatoani, constreñido por la fuerza de las circunstancias y por el poder escandaloso de que hacen gala los mismos cómplices del Estado, blindados de impunidad y de inmunidad.

¿De qué sirve que los aparatos de seguridad y justicia estén forrados de presupuesto si no tienen orientación ni objetivos populares? La Guardia Nacional jamás podrá justificar los recursos recibidos mientras no se sepa a qué se va a dedicar, lo mismo que un carisimo aparato de justicia que actúa contra los mismos habitantes.

Nadie puede tener una visión estratégica que esté por encima de las necesidades reales de tener seguridad y justicia, pesele a quién sea. Lo contrario es contrapuesto a la soberanía de una Nación, a sus mandatos fundamentales que pasan por encima de cualquier cabeza.

Para acceder a los  conceptos  de la seguridad y de la justicia en la más amplia acepción , lo primero que debe hacerse es combatir la impunidad, que se torna más grave, por la ausencia del correctivo eficaz, que la corrupción misma. La consecuencia de no hacerlo es condenar al fracaso a todo un país.

Caer en la mafiocracia, donde las decisiones violentas y autoritarias no las impone el Estado, sino las organizaciones criminales que ocupan todos los vacíos del poder.‎ El colmo de un Estado fallido, de una organización política demolida desde sus bases por los compromisos en que han caído los beneficiarios.

En este desconcierto estamos gracias a que el Estado no tomó la decisión original de combatir de frente a los mayores delincuentes de que se tenga memoria en este país. Los regímenes neoliberales produjeron a los Salinas, Slim, Romero Deschamps, Videgaray, Peña Nieto, Meade, la tolucopachucracia y sus adlateres que era necesario contener.

Todo lo demás, de ahí para abajo, es agua de borrajas. Es montaje con chivos propiciatorios que no llevan a algún lugar. ‎Insistir en ese camino, por demás falso, es querer llegar a una sociedad punitva sin sentido, no a una sociedad que para su supervivencia reclama paz social, justicia y bienestar.

Si en vez de combatir a los delincuentes de gran calado se les premia con las mayores obras del sexenio, como es el caso del Tlacaelel libanes Carlos Slim o del cacique ratero Carlos Romero Deschamps, el gran dique para el rescate de Pemex, hoy en funciones reales de secretario general del Sindicato petrolero,  estamos fritos de antemano.

No puede pensarse en el desarrollo de este país con estas decisiones descabelladas que entregan el presente y el futuro de México en manos de delincuentes e irresponsables. No puede decirse que se actúa en bien del país si se siguen cometiendo estos delitos de lesa patria. Todo tiene un límite. Nosotros lo rebasamos.

Es ya necesario aceptar que sin seguridad y justicia no podrá haber jamás gobernabilidad. Urge reconocerlo, independiente del maquillaje del presupuesto, en el marco de la crisis económica, política, de liderazgo,de identidad, fiscal, legal, jurídica, de partidos políticos, de ejército, de educación y de medios de comunicación.

Un país de ciento treinta millones de habitantes no puede depender de los hilos del dinero de Slim ni de la corrupción de Romero Deschamps. Somos demasiado grandes para poder tragarnos esa rueda de molino.

Por ahí no es, Presidente. Menos con apapachos públicos a la delincuencia organizada de los carteles de la violencia. Así no se puede caminar por este país ni por este mundo.

¿No cree usted?

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