Sáb. Ago 8th, 2020

Conoce a Claude Fontaine, la cantante que es comparada con Astrud Gilberto

Se sabe muy poco de Claude Fontaine, una joven artista de Los Ángeles que este viernes publicaba en el sello Innovative Leisure (BADBADNOTGOOD, Nick Waterhouse, The Molochs) su álbum debut homónimo.

Su biografía en la web del sello apenas narra cómo, durante un viaje a Londres tras una ruptura sentimental «demasiado reciente», cayó accidentalmente en Honest Jon’s, una icónica tienda de Portobello especializada en música jamaicana.

Allí escuchó «hasta enfadar al personal» de la tienda cada disco, enamorándose profundamente del rocksteady, el dub y la bossa nova más genuinos.

«Merodeé un día y desde el primer momento caí en un hechizo. Fui transfigurada».

Con el amor por esos viejos discos como motor, decidió hacer uno así ella misma. Grabó demos de sus canciones de desamor y soledad con su dulce voz susurrada, al más puro estilo de Jane Birkin o Astrud Gilberto, y se dedicó a perseguir a músicos vivos que ella consideraba que podían conseguir el ambiente que ella buscaba: Tony Chin, guitarrista en clásicos de Althea & Donna, King Tubby o Dennis Brown; y Airto Moreira, percusionista brasileño que colaboró con Miles Davis, Astrud Gilberto, Chick Corea o Annette Peacock.

Finalmente, tras no poco insistir, dio con ellos y obtuvo un sí para grabar sus canciones –junto a otros músicos menos conocidos pero también eminentes, como Ronnie McQueen (bajista en Steel Pulse), Rock Deadrick (batería de Ziggy Marley), el guitarrista brasileño Fabiano Do Nascimento, y el percusionista habitual de Sergio Mendes, Gibi Dos Santos– en el viejo estudio de Chet Baker en Los Ángeles.

Así ha construido este «Claude Fontaine» en el que, fiel a sus referentes, se devanea por cadencias jamaicanas, brasileñas, jazzies y de chanson en canciones como «Cry For Another», «Pretending He Was You», «Hot Tears» o «I’ll Play The Fool» que podrían perfectamente haber sido grabadas en los años 70 y, por tanto, tienen la perfecta vigencia de cualquier clásico.

Y un encanto desarmante, de ese en el que apetece perderse, dejarse llevar por su melancolía aterciopelada, fresca y tangible. Un gran descubrimiento –con un innegable eco de Amy Winehouse– que parece ir a la contra de estos tiempos de cinismo y urgencia.

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